lunes, 12 de septiembre de 2011

Migrantes y vecinos de un barrio mexiquense, dos realidades enfrentadas

Foto: Néstor Negrete


Por Hanako Taniguchi Viernes, 19 de agosto de 2011 a las 14:34


TULTITLÁN, Edomex (CNNMéxico) — En Lechería, una colonia popular ubicada al norte del Valle de México, cruzan -desde hace más de seis décadas-, los trenes de carga y de pasajeros que se dirigen al norte del país. En el techo llevan pasajeros extra: cientos de migrantes que buscan llegar a Estados Unidos. En ese barrio, una puerta blanca con una cruz color cobre divide esas dos realidades: la de los migrantes y la de los residentes.


Los guatemaltecos, los hondureños y los salvadoreños que se hospedan en el Albergue de San Juan Diego duermen apretujados en literas y colchones viejos que acomodan incluso en el patio de la iglesia, acondicionado como asilo según la cantidad de huéspedes. 


Dicen que van de paso, que no hacen daño a nadie, que no tienen ningún interés en enfrentarse con los habitantes de Lechería, ubicada en el municipio de Tultitlán en el Estado de México.


Los habitantes de la misma calle donde está la iglesia se sientan a charlar y a ver jugar a los niños futbol al atardecer. Y señalan que las actitudes de los migrantes "van de mal en peor": que se drogan, se emborrachan, tienen relaciones sexuales al aire libre y se sientan frente a las entradas de sus casas para molestar a las adolescentes con piropos vulgares.


Las dos realidades se enfrentaron, con la muerte de Julio Fernando Cardona Agustín, un guatemalteco de 19 años cuyo cuerpo apareció a la orilla de las vías del tren, con signos de pedradas y golpes en el rostro el pasado 8 de agosto. Los migrantes quisieron hacer un rezo y una ceremonia para recordarlo, pero ese día, los vecinos salieron a las calles a protestar y exigieron el cierre del albergue a gritos.


Las realidades dentro del albergue


Al abrirse la puerta blanca, la vista choca con una montaña de ropa vieja, mochilas vacías y un montón de chamarras sucias frente al escritorio de Arturo Montoya, el encargado del albergue. En un extremo, una reja negra divide la habitación de hombres y mujeres acostados en las camas o sentados sobre el suelo mientras ven una telenovela mexicana.


Se rehúsan a dar sus nombres porque dicen que los medios siempre publican lo que quieren, que los satanizan y que además es peligroso, porque saben que cruzar un país que no es suyo sin papeles, es ilegal.


Cuando sale a cuento la muerte de Julio Fernando, relajan la mirada. Uno de ellos dice que al principio acusaron a los migrantes de haber sido los asesinos, pese a que algunos testigos vieron cómo se lo llevó la policía municipal.


Un hombre delgado, de 40 años, salvadoreño, dice que los estigmas que les han colgado los mexicanos siempre los dibujan como criminales, cuando “lo único que queremos es llegar al norte”. 


El hombre junto con otro ciudadano salvadoreño de 28 años y una mujer hondureña de 36 años recuerdan la protesta de vecinos del sábado y coinciden en que pensaron que los iban a linchar.


“Fuera, fuera, fuera migrantes, gritaba la gente y pensamos que se iban a meter a matarnos”, dice el salvadoreño que se niega a ser fotografiado y que no quiere dar su nombre.


Él ha estado en el albergue más de lo que las reglas lo permiten —un máximo de 48 horas— porque está enfermo de gripa y le están dando tratamiento médico. En cuanto esté sano, será hora de partir hacia territorio estadonidense, siguiendo las vías del tren.


El recuerdo de Julio Fernando


Angy, una hondureña de 21 años que tiene el tobillo lastimado porque resbaló al bajar del tren en Tabasco, llegó a entablar una amistad con Julio Fernando, asesinado la semana pasada.


Recuerda que El guatemalteco, como lo llamaban, dejó el albergue un par de días antes en compañía de otros dos hondureños.


“Se querían ir lo antes posible al norte”, cuenta mientras se incorpora de una siesta que fue interrumpida.


Ambos llegaron con la Caravana Paso a Paso hacia la Paz y decidieron seguir su camino a Estados Unidos. Ella cree que los vecinos de la zona han caído en un ánimo confrontativo, porque la mayoría, dice, sólo piensa en continuar su ruta al norte.


Aunque ella evalúa el quedarse en México porque ha escuchado que las cosas están complicadas en Estados Unidos y no puede darse el lujo de no enviar nada a su hijo de dos años que dejó encargado con una amiga.


Lechería y sus vecinos


Un jueves por la tarde, de un momento a otro, las calles aledañas a las vías del tren se llenaron de patrullas de la policía municipal y personal de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Un hombre golpeado, que hablaba con palabras que usan los mexicanos como “güey” o “madrazo” apareció frente al albergue con moretones en la cara señalando que hondureños lo golpearon sin motivo aparente.


Los vecinos dijeron que no era de la zona, que tal vez era un centroamericano hablando como mexicano y se juntaron a observar la reacción de la policía. Repiten, cuantas veces es posible, que todo es por culpa de los migrantes, quienes "sólo provocan problemas".


La policía y personal de la CNDH hablaron durante un rato y tras interrogar al que dijo que fue golpeado, decidieron irse a los vagones abandonados a buscar a los supuestos culpables. Era una escena conocida para los habitantes de la zona, quienes se quejan de que últimamente las autoridades protegen más a los centroamericanos que pasan por ahí, que a los mexicanos.


Ni la policía municipal ni el personal de la CNDH ofrecieron una versión sobre el conflicto.


“Estamos presentes para evitar que los derechos de los migrantes se violen, es lo único que le puedo decir”, dijo un empleado de la CNDH, y se alejó corriendo.


El ambiente se tornó más tenso cuando, frente a un policía, un vecino comenzó a decirle a un par de centroamericanos que él también se gana la vida trabajando pero que no viola la ley.


Las calles de la colonia Lechería están llenas de cafés internet, tiendas que venden tarjetas telefónicas para celular y para llamadas de larga distancia y cantinas que expenden cervezas de poco más de medio litro a 50 pesos.


Algunos migrantes salen del albergue, cargan mochilas con cobijas y algo de comida, y comienzan a caminar por las vías. Una pareja joven se sienta a la sombra de un árbol a comer pan y a preparar su partida. Otro hace lo mismo, pero al notar la presencia de cada vez más personas, decide interrumpir su cena y acelera el paso.


A las ocho, el albergue cierra sus puertas, y quién no haya alcanzado a entrar deberá dormir en las vías y cerrar los ojos con hambre y dependiendo del clima, sintiendo frío o calor. La historia se repite desde hace más de 60 años, pocas cosas han cambiado. Ahora, a diferencia de hace unas décadas, los vecinos ya no los acogen y por eso, los pocos que logran obtener un lugar en el albergue, prefieren no salir hasta estar listos para seguir su viaje a la frontera norte. 

domingo, 11 de septiembre de 2011

Casa en DF 'ocultó' por años abusos y asesinatos de un hombre a su familia

Por Hanako Taniguchi 
Jueves, 08 de septiembre de 2011 a las 07:00

Las escaleras que llevaban al cuarto en el que
Jorge encerraba a sus hijastras e hijos
(Hanako Taniguchi)
CIUDAD DE MÉXICO (CNNMéxico) — Muñecos de peluche viejos y sucios colgados de las paredes con tachuelas, fotos de niños por toda la casa, películas piratas infantiles regadas en el suelo y en bolsas de plástico, y juguetes entre los cojines de los sillones desgastados hacen difícil pensar que en esa casa una recién nacida fue asfixiada por su padre y que dos mujeres y otros cuatro niños nunca salían de ahí.

Por fuera, el lugar donde vivió desde 2009 Jorge Iniestra Salas no tiene ninguna particularidad que la distinga del resto de las viviendas que están sobre la Calle 11 de la colonia Renovación, al oriente de la Ciudad de México.
Está hecha de cemento, es de dos plantas y por fuera se alcanza a ver que estaban en proceso de construir un tercer piso. Si acaso, resalta por no estar pintada como las otras viviendas, con colores brillantes. Las paredes son grises y sus puertas, que hoy tienen papeles de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal pegados, son de color café claro.
Los vidrios oscuros de las ventanas del segundo piso, tapadas con cortinas blancas, opacas desde adentro, no permitían ver que en una de sus habitaciones, Jorge encerraba a sus hijastras Gabriela y Rebeca. Tampoco se pudo ver que la única vez que Gabriela se asomó, la golpeó con un tubo de metal unas 20 veces, porque "solo las mujerzuelas se asoman a la calle".
En ese mismo cuarto, Jorge mató a Rebeca a golpes y a una hija de Gabriela recién nacida a quién presuntamente asfixió, al obligarla a succionar los senos del cadáver de Rebeca para ver si salía leche.
Dos triciclos verdes con azul y unos cubos de colores primarios contrastan con las paredes blancas que por la mugre se volvieron grises y que tienen garabatos con plumón azul dibujados por los niños que vivían encerrados las 24 horas del día. Al lado de la cama, hay todavía una bacinica azul donde defecaban y orinaban los niños y las dos mujeres, pues Jorge no los dejaba salir ni al baño.
Aún después de varios minutos con la puerta abierta, que Jorge mantenía bajo llave, se alcanza a percibir el olor que sueltan los cuartos encerrados y llenos de gente, un olor entre húmedo y ácido por la mezcla de orina y excremento.
Solo una pared dividía el cuarto de los hijos e hijastras de Jorge con el de su madre, Soledad. Ella supo de los asesinatos, pero sólo le pidió que sacara los cadáveres de Rebeca y de la niña, los cuales había mantenido debajo de una mesa por más de un mes; Jorge les echaba cal para evitar el olor fétido que despiden los cuerpos sin vida.
Juan Carlos, Claudia, Ana Laura y un joven de 14 años, hermanos menores de Jorge, sabían también del cautiverio, pero nunca denunciaron a su hermano, quien se ganaba la vida manejando un taxi que perdió a manos de unos ladrones días antes de que fuera detenido.
"Su única respuesta en las declaraciones (de los familiares de Jorge) fue que ellos respetaban mucho las decisiones de Jorge Antonio y que lo querían mucho y por eso ellos no se metían en su vida", explicó Jorge Mauricio Ferman, fiscal central de investigación para la atención de niños y niñas de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) en un recorrido por la casa donde vivían 16 personas.
Clara y Jorge
Clara Tapia Herrera, 12 años mayor que él, conoció a Jorge Iniestra en 2004; decidió vivir con él a partir de 2006, con sus hijos Gabriela, Rebeca y Ricardo.
Antes de vivir juntos, Jorge era cariñoso con los tres hijos de Clara, pero con el tiempo, comenzó a interesarse sexualmente en las niñas y los maltratos contra Ricardo fueron peores cada vez.
Lo golpeaba y lo castigaba, obligándolo a dormir en charcos de agua cuando no cumplía con los trabajos que le exigía hacer, como limpiar los pisos de un negocio de helados que tenía una de las hermanas de Iniestra Salas, o cuando no le entregaba cuentas claras sobre los ingresos generados durante el día.
Cuando Clara fue contratada como conserje de una escuela primaria de Iztapalapa, los obligó a ella y a su hijo Ricardo a dormir en la azotea, al aire libre. Él dormía con Rebeca de un lado y con Gabriela del otro en una misma cama.
El director de la escuela notó cosas raras en la convivencia de la familia y lo registró en un reporte que envió a la Secretaría de Educación Pública, pero al no tener una descripción más específica de lo que sucedía, la dependencia nunca mandó a un inspector, según declaraciones del funcionario de la escuela.
La situación continuó hasta que en 2009, Jorge decidió irse a vivir con Rebeca y Gabriela a casa de su madre y encerrar a las jóvenes y a dos de sus hijos, que habían nacido en la escuela.
Clara seguía viendo a su pareja, pero no a sus hijas, y según sus declaraciones ante las autoridades, decidió escribir en una hoja lo que sucedía desde 2006 y entregarlo en una agencia del Ministerio Público porque había dejado de tener contacto con sus hijas y sus nietos. Ella no conoció a la niña que murió asfixiada, y fue hasta que detuvieron a Jorge que se enteró de que Rebeca había sido asesinada.
El perfil psicológico
Si bien las autoridades judiciales del Distrito Federal continúan evaluando psicológicamente a Jorge, a sus familiares y a sus hijos, Lucio Cárdenas, psicólogo criminal de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), asegura que en general los individuos que cometen este tipo de crímenes tienen algunas características identificables.
"En primer lugar, tendríamos el aspecto de una escala de valores distorsionada por parte del individuo, el cual de alguna manera puede cometer este tipo de actos mientras considera que son normales", dijo el académico en entrevista con CNNMéxico.
"Esto generalmente va asociado a una serie de situaciones donde el individuo maneja a su familia, tanto a la esposa como a las hijastras, como una propiedad particular y obviamente en función de eso se considera a sí mismo con el derecho de uso, vida y muerte".
Explicó que este tipo de personalidad no es notable de inmediato e incluso hay casos en los los individuos se desenvuelven muy bien en situaciones sociales, lo que representa un riesgo para la gente que los rodea.
Cuando fue presentado ante los medios de comunicación junto con Clara y sus hermanos, Jorge sonreía y mostraba un rostro relajado. Para él, todos los actos eran simplemente las reglas de su familia, incluso la muerte de Rebeca y la de una de sus hijas.


10 años

By: Graur Codrin
El 11 de septiembre del 2001 es una fecha histórica significativa tanto para el mundo occidental como el árabe. A las 8:46 de la mañana hora de Nueva York, un avión comercial chocó contra la torre norte del World Trade Centre y gracias a los medios de comunicación, el mundo entero era testigo de los atentados terroristas perpetrados por presuntos miembros de Al Qaeda.

En México eran las 7:46 de la mañana y yo apenas estaba abriendo los ojos para prepararme para mi primer día de trabajo como reportera en el periódico Reforma.

Fue ese día que yo me inicié como periodista. Sin saber qué hacer, me dirigí a la redacción como se me había indicado y llegué a las 10 am. Tras cruzar los escritorios vacíos de la mayor parte de los reporteros y editores, me paré frente al director de información, Pedro Pablo, y le dije que era nueva, que ya me había entrevistado Roberto Zamarripa, el editor de Nacional y que me había pedido que me reportara en la redacción para que se me asignara una orden de trabajo.

En un día como aquel en el que las pantallas de prácticamente todos los televisores del mundo no hacían más que repetir las escenas de los choques de los aviones era entendible que Pedro Pablo no supiera de inicio qué hacer con una persona recién contratada de 23 años, sin ninguna experiencia previa en el periodismo y que lo miraba con ansias de que le encargara algo espectacular en su primer día de trabajo.

Me quedé sentada a su lado unos 15 minutos mientras él hacía llamadas a diferentes dependencias de gobierno y asignaba coberturas a los reporteros encargados de seguridad pública y de relaciones exteriores. Yo realmente no tenía ninguna experiencia en medios de comunicación, así que no pude salir con alguna idea brillante sobre lo que podría hacer para apoyar en un día tan caótico.

Después de mucho pensarlo, Pedro Pablo me pidió que fuera a recorrer las casas de bolsa sobre Paseo de la Reforma para ver si percibía algún movimiento sospechoso de gente que en medio del pánico estuviera cambiando su dinero a monedas extranjeras como dólares o euros.

Salí corriendo de la redacción y tomé un taxi que me llevó hasta Reforma. Entendía como graduada de Relaciones Internacionales que no era cualquier día en la historia de la humanidad y si bien en el fondo sospechaba que no encontraría nada espectacular, cumplí con mi orden de trabajo y cuando le reporté a Pedro Pablo que nada raro estaba pasando, me dijo que me podía ir a casa.

Así fue como yo inicié en el periodismo.

Mis paso por el periódico Reforma fue fundamental en mi formación como periodista. Tuve la fortuna de contar con el apoyo cercano de grandes personajes y también hice grandes amigos que considero importantes en mi vida.

Yo dejé Reforma dos años y medio después, al argumentar que si bien el periodismo me apasionaba por permitirme ver de cerca tanto los procesos gubernamentales y políticos como sociales, yo no podía dejar de lado mi sueño de toda la vida de irme a estudiar una maestría al Reino Unido.

Después de eso pasé por la oficina de comunicación social de la Secretaría de Economía, estudié una maestría en Economía en la University Collegue London y pasé tres años más en Londres trabajando en la parte de producción de programas de entretenimiento para canales de televisión japoneses. En todos esos años, unos seis en total, no pude librarme de las ansias por volver a reportear y escribir y entrevistar a gente y estar en los lugares donde pasaban cosas que influían de alguna manera la realidad de un país o del mundo entero.

Fue así que después de muchos años de ausencia, decidí volver a una redacción. Ahora, en CNNMéxico.com

Al pensar en cómo me inicié y qué tipo de persona era cuando pisé por primera vez la redacción de Reforma, me pongo a pensar que hace 10 años decidí iniciar mi carrera como periodista, pese a que soy internacionalista y economista de formación, por la posibilidad de poder observar de cerca los fenómenos que yo había estudiado en la universidad.

Ahora, una década después, ya no me basta únicamente ser testigo de momentos "históricos". Ahora me mueve la posibilidad de ir a buscar historias y personajes para poder contar historias que puedan ayudar a entender mejor la realidad en la que vivimos y que parecer volverse cada vez más compleja de vivir.

Mi primera nota publicada ya con mi firma en Reforma fue una nota de tres párrafos más o menos un día después de mi entrada.


Admite Ssa carecer de vacuna para ántrax
Por Hanako Taniguchi

(12-Oct-2001).-

México no cuenta con vacunas contra el ántrax -enfermedad bacteriológica también conocida como carbunco- ni con la infraestructura para producirlas, reconoció Roberto Tapia Conyer, subsecretario de Prevención y Protección de la Salud, en el marco de la presentación de la Tercera Semana Nacional de Vacunación.

"No tenemos vacunas, y era el planteamiento que decían, que si está licenciada, no está recomendada la aplicación de vacunas, aunque existiera en estos momentos se ve muy difícil el que la cadena de producción pueda darse a nivel de aplicación, no es una vacuna que la apliquemos hoy y proteja mañana, así es que el nivel de eficiencia se ve bajo en ese sentido", explicó.

Anunció que se están reforzando los elementos de vigilancia epidemiológica, por medio de 
los centros de salud, así como por medio de la difusión de información a siete laboratorios como por medio de la difusión de información a siete laboratorios a nivel nacional para detectar a tiempo cualquier tipo de brote.