sábado, 30 de octubre de 2010

Carlos Alberto Valle Lazo

Quinientas lempiras hondureñas metidas en una de las bolsas de los viejos jeans, una camiseta azul marina y la compañía de sus amigos Joan Adolfo y Brayan Ariel fue lo único que se llevó Carlos Alberto. Desesperación y hastío era lo que reflejaban los ojos debajo de sus delgadas cejas, la noche en que tomó el autobús rumbo al norte. Entre ruido de motores y humo con olor a gasolina quemada, le pidió a Belkis Paola, su esposa, que no dejara de orar. Que rezara para que pudiera cruzar el desierto. Que pidiera para que volviera en no más de tres años. A sus 20 años, había intentado de todo. Motorista, salvavidas en un parque acuático y operario en una maquila. Tres semanas en el desempleo bastaron para que decidiera dejar Honduras. La última vez que llamó desde México dijo que estaba bien, pero que necesitaba 500 dólares más. De ahí siguió una semana de silencio. Un silencio que se rompió con el llanto de la madre de Carlos Alberto cuando escuchó los nombres de su hijo y sus amigos entre la lista de los 72 migrantes asesinados en San Fernando, Tamaulipas. Volvieron juntos Carlos Alberto, Joan Adolfo y Brayan Ariel. Cada uno dentro de un féretro con la leyenda “Dios es más grande que mis problemas” grabada en la tapa. Cuando la tierra comenzó a caer sobre el ataúd, Diego y Esteven, los gemelos de tres años que dejó Carlos Alberto, preguntaron si estaban “sacando un tesoro”. “Estamos enterrando un tesoro”, les respondió un familiar.

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