lunes, 18 de febrero de 2013

¿Por qué correr?


Mi decisión de cambiar el agua de alberca por el suelo no fue planeada. Recuerdo que era primavera y que vivía en Londres y que la vida se volvía cada vez más complicada. Pensé que si lograba llevar un entrenamiento de alto rendimiento para intentar participar en la maratón de Londres, mi mente se disciplinaría y lograría persistir en mis esfuerzos por terminar de estudiar una maestría que había resultado más difícil de lo que esperaba.
Así que un día de marzo, me amarré las agujetas, me metí mi iPod blanco a la bolsa de mi sudadera rosa pastel y me fui a darle una vuelta a Regent’s Park, que mide casi 5 km.
No sé si mis ganas de sacar adelante mis estudios fueron las que me mantuvieron corriendo o si con los días le tomé el gusto a algo que anteriormente rechazaba hacer.
Toda mi vida me ha encantado nadar. Disfruto sentir el agua mientras desplazo mis brazos y pataleo continuamente con mis piernas. Correr, sin embargo, me ha permitido tener otra perspectiva de las cosas y el parque donde lo hacía ayudaba a que me abstrajera completamente en mis pensamientos y mi música.
 Al principio, me tuve que obligar a seguir corriendo 5 kilómetros por lo menos tres días entre semana y 10 kilómetros uno de los dos días del fin de semana. Supongo que también ayudó el hecho de que estaba saliendo con un corredor semi profesional. Nunca sabes realmente qué es lo que motiva a tu subconsciente.
Hoy he vuelto a pensar que debería de retomar el entrenamiento que abandoné cuando lastimé mi rodilla en un viaje a Estambul. Si bien sigo corriendo, nunca lo he vuelto a hacer con la misma intensidad.
Estoy en una nueva etapa de mi vida que requiere aun mayor disciplina que intentar sacar una maestría en economía adelante.
Probablemente la disciplina la ejerces o no, independientemente de si corres diario, pero sigo creyendo que el cuerpo puede llegar a transmitir a la mente la manera de seguir corriendo incluso en momentos duros, como cuando el cansancio y el dolor de tus piernas te piden detenerte, pero no lo haces para poder llegar a la meta. Así es en la vida y en algún lugar hay que aprenderlo.

martes, 12 de febrero de 2013

Paciencia

Photo: Salvatore Vuono

Nunca he sido una mujer paciente. Me gusta que las cosas sucedan pronto y que pueda dar el siguiente paso en poco tiempo. Esto, por supuesto, casi siempre es más problemático que provechoso. Vivo en un país donde la rapidez no es parte de la cultura. Pero ni siquiera cuando vivía en el Reino Unido los tiempos eran lo suficientemente rápidos para mí. Una renovación de visa de estudiante tardaba por lo menos 60 días. Un permiso de trabajo unos 40 días hábiles, y eso, si decidían dármelo a la primera.

A pesar de que las cosas importantes en la vida han tomado tiempo en llegar, no logro quitarme esa sensación de urgencia permanente, como si mañana se fuera a terminar el mundo.

Para poder irme a estudiar a Londres, tuve que prepararme durante unos cinco años y trabajar otros cinco. La primera solicitud fue rechazada, así que tuve que esperar dos años antes de volver a aplicar.

Después de dejar el periodismo por primera vez, pasaron unos tres años antes de que volviera a trabajar en medios de comunicación.

Poder nadar sin tener que pensar en la respiración y el estilo me costó estar en el agua por lo menos tres veces a la semana, durante unos cinco años.

Como bien dice el famoso dicho, Roma no se hizo en un día y la vida de un ser humano tampoco.

Alguna vez un amigo me dijo que cuando me veía sentía que yo había vivido muchas vidas, por la variedad de cosas que he hecho. Sin embargo, ninguna de ellas se hizo realidad en semanas, ni siquiera meses. Las cosas que importan toman tiempo.  

¿Cuál es entonces la urgencia? ¿O, por qué estoy corriendo?

Tal vez es esa sensación de que nunca me va a alcanzar el tiempo para poder hacer todo lo que quiero y sueño, pero olvido que lo que importa, a veces, no es el objetivo sino el camino. Lo valioso no es Ítaca, sino la ruta que nos llevará a ella.