jueves, 12 de julio de 2012

Un largo camino para dormir al lado de las vías del tren


TULTITLÁN, Edomex (CNNMéxico) — Sobre la calle Cerrada de la Cruz, Justino Espinoza ha sacado una silla blanca de plástico para sentarse a tomar el sol. Este hombre de 64 años dice que es la primera vez en seis años que puede sentarse en paz, sin cruzarse con algún migrante centroamericano que le pida una moneda o algo de comida.
Después de que vecinos y migrantes centroamericanos de paso por la colonia Lechería, al norte de la Ciudad de México, se enfrentaran a gritos, pedradas, golpes, patadas y hasta hachazos el 7 de julio, la Diócesis  de Cuautitlán decidió cerrar temporalmente la Casa del Migrante “San Juan Diego Cuauhtlatoatzin”.
De acuerdo con el presbítero Christian Alexander Rojas, administrador de la Casa del Migrante, el conflicto lo originó una camioneta mal estacionada de un grupo de voluntarios que llegaron a repartir comida a los migrantes que estaban fuera del albergue.
Cuenta que uno de los vecinos pidió a los voluntarios mover la camioneta que obstruía la entrada de su casa. Los migrantes que estaban recibiendo la comida comenzaron a reclamarle al vecino, lo que provocó un enfrentamiento.
“Empieza el altercado, se empiezan a hacer de palabras y curiosamente una de las personas que manejaba las camionetas, porque ya las cosas se estaban saliendo de control, sacó un hacha y golpeó a un vecino”, contó en conferencia de prensa.
“Es comprensible que los vecinos no se queden de brazos cruzados, entonces ellos también empezaron a agredir, a aventarse piedras, empezaron a aventarse palos, empezaron a tirar a una mujer, la patearon y entonces se jalaron de una lado donde están las vías todos los migrantes, entonces eran migrantes contra la gente (los vecinos)”, agregó.
El lío no paró hasta que elementos de la policía municipal hicieron unos disparos al aire, lo que dispersó a todos.
Justino, habitante de la colonia Lechería desde hace 40 años, asegura que lo que pasó ese día fue la gota que derramó el vaso, pues no era la primera vez que los vecinos se manifestaban en contra del albergue que fue inaugurado en el 2009.
“Los migrantes ya estaban muy bravos, se hacían del baño donde quiera y si no les dabas una moneda de alta denominación, te veían feo, se enojaban”, cuenta.
Lechería ha sido un paso natural de los migrantes que buscan llegar al norte del país para cruzar a Estados Unidos. A las orillas del barrio están las vías por donde llegan los viajeros indocumentados, encima del techo de un tren de carga que parte de Arriaga, Chiapas, cerca de la frontera con Guatemala.
En dos casas de la Cerrada de la Cruz, están colgadas mantas negras con letras blancas que dicen: “Los vecinos de la colonia Lechería exigen el cierre de la Casa del Migrante”.
Fuera de lo que era el albergue, hay cartulinas color naranja, verde y amarillo que con la leyenda: “Casa del Migrante ‘Cerrada’. Amigo migrante sigue tu camino. Gracias”.
Rosalba Álvarez, vecina de la calle Cerrada de la Cruz desde hace 35 años, asegura que ella nunca tuvo ningún problema con los migrantes centroamericanos.
“Lo único que pasaba era que por las noches veía cómo se acomodaban en la banqueta para dormir, pero aún en días en los que llegué a casa de madrugada, no los vi drogándose o emborrachándose como dicen otros vecinos”, dice mientras barre la acera de su casa pintada de color rosa mexicano.
Admite que ella es de las pocas que lamentan el cierre de la Casa del Migrante.
“Por uno que haga algo malo, todos los demás la pagan y a mí no me consta que todos sean así, como dicen de borrachos, drogadictos, sucios y agresivos”, señala.
Frente a lo que era el albergue, dos elementos de la policía municipal de Tultitlán vigilan de manera permanente el inmueble. Personal de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México hace rondas para levantar testimonios de los centroamericanos que siguen llegando sin saber que la Casa del Migrante está clausurada.
Migrantes buscan refugio al lado de las vías
Manuel, Joaquín y Jorge, originarios de El Salvador, Honduras y Guatemala, llegaron este miércoles en la madrugada pensando que tendrían cama, baño y alimentos durante un par de días. Al ver que las puertas de la Casa del Migrante estaban cerradas, decidieron pernoctar a la sombra de un árbol al lado de las vías del tren.
“Como el tren ya no va después de Coatzacoalcos, nos vinimos en camión y nos llevamos la sorpresa de que está cerrado y de que teníamos que dormir sobre el suelo lleno de piedras antes de seguir nuestro camino”, dice Manuel, de 24 años, quien intenta cruzar la frontera por segunda vez. La primera, solo llegó a Ciudad Juárez, Chihuahua. Ahí, lo detuvieron y lo regresaron a El Salvador.
Joaquín, también de 24 años, sentado en una de las raíces del árbol que salen de la tierra, dice que quieren llegar a Huehuetoca, en el Estado de México, donde escuchó que hay un comedor para migrantes. A su lado, hay una bolsa de plástico llena de jugos en tetrapack, cereales en cajas pequeñas y un yogurt. Es todo lo que le queda para el viaje.
Mientras se acomoda para tomar la siesta, Jorge, de Guatemala, explica que esperan a que baje el sol para caminar juntos hasta Huehuetoca, que queda a unos 30 kilómetros de distancia.
Este martes, el padre Alejandro Solalinde y Leticia Gutiérrez, directora ejecutiva de la organización Dimensión Pastoral de la Movilidad Humana –que tiene unos 50 albergues en todo el país–, alertaron sobre los riesgos que los migrantes enfrentarán por el cierre de la Casa del Migrante en Lechería.
"Los migrantes están llegando de Arriaga e Ixtepec hacia Veracruz, pero como se dan cuenta de que no van a poder utilizar, al menos por el momento, el tren ordinario, ellos están utilizando cualquier medio de transporte para subir, lo que los deja en una situación de vulnerabilidad, de invisibilidad, de posibilidad de ser víctimas del secuestro y de las extorciones", detalló Gutiérrez.
Si bien Alexander Rojas informó que se han iniciado pláticas con la Secretaría de Gobernación y las autoridades municipales de Tultitlán y el gobierno del Estado de México, para una posible reubicación del albergue, dijo que aún no se ha determinado dónde y cuándo se reabrirá la Casa del Migrante.
CNNMéxico contactó al Instituto Nacional de Migración, pero no obtuvo respuesta inmediata sobre el tipo de negociación que se lleva a cabo con la Iglesia, ni si tienen previsto algún tipo de operativo tras el cierre del albergue.

La muerte

Ese día morí. Decidí pasar a una mejor vida. (O eso veía con los ojos cerrados).
Me deshice de todo lo que le agregara peso extra a mi par de maletas.
Dejé atrás a Marco Aurelio y al Pessoa encontrado en una librería de Mataró los primeros días del 2009. Regalé a Marsé y dejé en la calle los libros de macroeconomía, microeconomía, econometría, y otros papeles más que me recordaban al demonio de la razón.
Morí por decisión propia. No sobreviví a las exigencias del primer mundo, del Japón instalado en otra parte del primer mundo.
Nunca he vivido más que en recreaciones artificiales de Japón, fuera de sus cuatro islas.
Cerré ventanas en medio del verano y vacié cajones que al cerrar hicieron eco.
Morí en junio y continué así 357 días. En blanco, flotando en la nada llena de autos, ruidos, gritos, ladridos, altavoces, tormentas...
Abrí los ojos para volver a morir seis meses después. Seis meses me costó cambiar de piel y dejar de arrastrarme sin dirección. Seis meses en los que creí poder sortear obstáculos que al final acabé rodeando.
No tengo muchas vidas. Tengo muchas muertes. Mi vida está llena de muertes.

miércoles, 4 de julio de 2012

62 años y ocho meses

Cumples 62 años y a los ocho meses, te avisan que después de 12 años de trabajo, la empresa ha decidido que eres prescindible.
Te despertabas de lunes a viernes a las 4:30 de la mañana, preparándote mentalmente para todas esas fórmulas químicas y estándares de calidad que tenías que hacer cumplir. Hoy descubrirías una nueva patente vencida que reportarías para que el medicamento se pudiera fabricar sin pagarle "derechos" a nadie.
Tu cuerpo no entiende de inmediato que te han despedido. Sigue abriendo los ojos a la misma hora, aunque no haya una alarma que despierte incluso a tu marido y a los tres o cuatro perros que duermen en tu cama. Él ya no tiene que levantarse poco antes de las seis para llevarte a la central de autobuses desde donde te ibas hasta Lerma, una ciudad industrial llena de chimeneas humeantes, en el corazón del Estado de México.
El placer que hubieras sentido por quedarte dormida un día labora hasta las 7am ha desparecido y no puedes evitar pensar que el final de tu vida ha iniciado.
Lavas obsesivametne el suelo que se ensuciará en unos minutos, lavas kilos y kilos de ropa que al día siguiente volverá a estar sucia, cocinas para siete u ocho personas, cuando en casa solo viven cuatro o menos desde que comenzaste a trabajar.
De pronto, te descubres en el suelo y el tronar de un hueso te hace volver a la realidad. Te has roto la muñeca y por primera vez en tu vida, acabarás en el hospital por un accidente. Estás sola. Solo una manada de perros que te acompañaban en las labores domésticas ladran después tu grito que sólo ellos y tú pudieron escuchar.
La gran casa de la Nápoles que llegó a tener hasta 10 inquilinos te responde con un silencio que no habías escuchado.
Te das cuenta de que tu mano está deforme, pero que no te duele.
"Herida pero no sucia", piensas, y te metes a bañar con los dedos chuecos y te enjabonas todo el cuerpo como siempre.
Llamas a tu marido que te lleva a uno de los mejores hospitales de la ciudad que pagarás con parte de tu liquidación.
Esperas más de sies horas para que te atiendan y te metan unos clavos que ni siquiera son de titanio, sino de acero inoxidable, para sujetar el hueso que se te desvió.
Lloras en la cama del hospital. Tu hija, la que concebiste en Alemania cuando apenas tenías 29 años, te ve llorar y le dices: es la anestecia, hija. Ella sabe que no es verdad. Ella sabe que es tu impotencia ante el paso de los años lo que te hace llorar así, en silencio, derramando lágrimas que no puedes secar.
Y ahí en esa cama, donde escuchas el latir de tu corazón traducido en un pitido electrónico y ves números que te recuerdan tu hipertensión arterial, decides que te quieres ir de México. Que te quieres ir a Japón a dar clases de lo que sea y deshacerte de todo ese peso que has venido cargando en la espalda desde que decidiste ser la más inteligente y aplicada para ver si así tu padre se acordaba de tu edad.
"Hoy en la cama lo decidí", le dices a tu primogénita.
"Me voy a ir antes de que el dinero y la vida me falten".