domingo, 30 de septiembre de 2012
Oniguiri
Hace unas semanas, mi hermana que volvió de Australia y yo vimos una película muy peculiar sobre una señora que abre un restaurante en Finlandia y que dibuja gaviotas gordas.
Lo más rescatable de la película para mí fue esta frase:
"Oniguiri are the Japanese soul food"
(Las oniguiri - o triangulitos de arroz - son alimentos para el alma).
Las oniguiri hechas a mano dan al alma sosiego y paz.
martes, 18 de septiembre de 2012
The Lake District
Antes de que el cielo comience a clarear, rechina la puerta
blanca de madera. Chris, el granjero malhumorado, sale
mientras se acomoda las botas de plástico verde militar que calza por encima de su overol de mezclilla. El sonido de las piedras que se
incrustan en el lodo a cada paso del delgado
hombre, se dejan de escuchar por los ladridos de Star, que corrió detrás de su dueño. El can, de pelaje blanco y negro, rebasa a Chris y salta
sobre la reja del
corral en el que están
encerrados los doscientos y tantos borregos y corderos. Los animales, que hasta
hace unos instantes dormían recargados uno sobre el otro,
se levantan alterados y comienzan a balitar y a empujarse. Chris zafa la cuerda
con que mantenía cerrada la reja del
corral y se hace a un lado para dejarlos pasar sin que lo tiren al suelo. El perro, que no
ha dejado de ladrar, corre al lado del
enjambre de borregos que salpican agua al cruzar el río y hunden el suelo encharcado por las lluvias de agosto. Chris
sigue recargado en la reja y observa cómo, poco a poco, las verdes montañas se pintan de manchas blancas. Después de tomar la pala con que limpiará el corral, emite un chiflido largo
y agudo. Star baja corriendo por las montañas, hasta volver con su dueño, a
quien acompañará echado en el pasto en sus labores diarias.
lunes, 10 de septiembre de 2012
Voz de mar
Ella tiene voz de mar y por eso me tranquiliza.
Cada vez que algo me angustia o me provoca ansiedad, la pongo una y otra y otra y otra vez hasta que mis latidos se van alineando al ritmo de su voz y todo está bien de nuevo.
La descubrí por accidente, como las cosas que importan y que perduran en la vida.
Antes, ni siquiera me había tomado la molestia de investigar dónde quedaban las islas de Cabo Verde. Ahora sé que son varias islas y que la mayoría de sus habitantes emigran a Francia en busca de algo mejor, como todos los que alguna vez hemos salido por temporadas largas de nuestros países.
Su voz me recuerda al invierno estambulí y a la mezquita azul de noche.
Me recuerda también algunos momentos de soledad forzada. Hubo temporadas en las que la escuchaba insistentemente para calmar mis ansias de querer estar con alguien que me importaba, mientras él ya estaba con alguien más.
No entiendo bien lo que dicen sus canciones. Es portugués y aunque tengo las letras apuntadas en algún cuaderno viejo, lo que me gusta es la candencia de su voz, sin importar lo que esté diciendo.
Hoy ha estado sonando todo el día para olvidar un poco el dolor, la indiferencia de los que me importan, la soledad y un pasado que se me apareció de frente y sin advertencia previa.
De todos los discos que compré estando en Londres, sólo me traje físicamente los dos de ella. Los otros solo los tengo en el iPod y cuando muera el aparato desaparecerán. Ella no. No puedo correr el riesgo de perderla junto con la posibilidad de tener tardes de paz. Es demasiado arriesgado para una mente tan atormentada y melancólica como la mía. Así que en el fondo del cajón, junto con el disco que me regaló Lucy, la tengo guardada como un tesoro.
Con ella, las horas pasan más lento y más suavemente.
Hoy necesito eso. Que pasen suaves y sin tropiezos para que cuando amanezca de nuevo, no haya perdido una parte de mí.
Cada vez que algo me angustia o me provoca ansiedad, la pongo una y otra y otra y otra vez hasta que mis latidos se van alineando al ritmo de su voz y todo está bien de nuevo.
La descubrí por accidente, como las cosas que importan y que perduran en la vida.
Antes, ni siquiera me había tomado la molestia de investigar dónde quedaban las islas de Cabo Verde. Ahora sé que son varias islas y que la mayoría de sus habitantes emigran a Francia en busca de algo mejor, como todos los que alguna vez hemos salido por temporadas largas de nuestros países.
Su voz me recuerda al invierno estambulí y a la mezquita azul de noche.
Me recuerda también algunos momentos de soledad forzada. Hubo temporadas en las que la escuchaba insistentemente para calmar mis ansias de querer estar con alguien que me importaba, mientras él ya estaba con alguien más.
No entiendo bien lo que dicen sus canciones. Es portugués y aunque tengo las letras apuntadas en algún cuaderno viejo, lo que me gusta es la candencia de su voz, sin importar lo que esté diciendo.
Hoy ha estado sonando todo el día para olvidar un poco el dolor, la indiferencia de los que me importan, la soledad y un pasado que se me apareció de frente y sin advertencia previa.
De todos los discos que compré estando en Londres, sólo me traje físicamente los dos de ella. Los otros solo los tengo en el iPod y cuando muera el aparato desaparecerán. Ella no. No puedo correr el riesgo de perderla junto con la posibilidad de tener tardes de paz. Es demasiado arriesgado para una mente tan atormentada y melancólica como la mía. Así que en el fondo del cajón, junto con el disco que me regaló Lucy, la tengo guardada como un tesoro.
Con ella, las horas pasan más lento y más suavemente.
Hoy necesito eso. Que pasen suaves y sin tropiezos para que cuando amanezca de nuevo, no haya perdido una parte de mí.
sábado, 8 de septiembre de 2012
El dolor
El dolor y yo tenemos una extraña relación.
Ha de ser porque de pequeña, mi padre lo definió así:
"No te quejes tanto de tus dolencias, que es prueba de que sigues viva. No sentir dolor, eso sí que es preocupante".
Tal vez por eso, incluso en los peores episodios de dolor, como cuando me descubrieron un cálculo renal, en medio de los retortijones me sentía viva, nunca muerta. Y posiblemente por eso, hay momentos en los que me he aferrado al dolor como si con eso reafirmara mi existencia en este mundo.
Ha de ser porque de pequeña, mi padre lo definió así:
"No te quejes tanto de tus dolencias, que es prueba de que sigues viva. No sentir dolor, eso sí que es preocupante".
Tal vez por eso, incluso en los peores episodios de dolor, como cuando me descubrieron un cálculo renal, en medio de los retortijones me sentía viva, nunca muerta. Y posiblemente por eso, hay momentos en los que me he aferrado al dolor como si con eso reafirmara mi existencia en este mundo.
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