Antes de que el cielo comience a clarear, rechina la puerta
blanca de madera. Chris, el granjero malhumorado, sale
mientras se acomoda las botas de plástico verde militar que calza por encima de su overol de mezclilla. El sonido de las piedras que se
incrustan en el lodo a cada paso del delgado
hombre, se dejan de escuchar por los ladridos de Star, que corrió detrás de su dueño. El can, de pelaje blanco y negro, rebasa a Chris y salta
sobre la reja del
corral en el que están
encerrados los doscientos y tantos borregos y corderos. Los animales, que hasta
hace unos instantes dormían recargados uno sobre el otro,
se levantan alterados y comienzan a balitar y a empujarse. Chris zafa la cuerda
con que mantenía cerrada la reja del
corral y se hace a un lado para dejarlos pasar sin que lo tiren al suelo. El perro, que no
ha dejado de ladrar, corre al lado del
enjambre de borregos que salpican agua al cruzar el río y hunden el suelo encharcado por las lluvias de agosto. Chris
sigue recargado en la reja y observa cómo, poco a poco, las verdes montañas se pintan de manchas blancas. Después de tomar la pala con que limpiará el corral, emite un chiflido largo
y agudo. Star baja corriendo por las montañas, hasta volver con su dueño, a
quien acompañará echado en el pasto en sus labores diarias.
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