jueves, 12 de julio de 2012

La muerte

Ese día morí. Decidí pasar a una mejor vida. (O eso veía con los ojos cerrados).
Me deshice de todo lo que le agregara peso extra a mi par de maletas.
Dejé atrás a Marco Aurelio y al Pessoa encontrado en una librería de Mataró los primeros días del 2009. Regalé a Marsé y dejé en la calle los libros de macroeconomía, microeconomía, econometría, y otros papeles más que me recordaban al demonio de la razón.
Morí por decisión propia. No sobreviví a las exigencias del primer mundo, del Japón instalado en otra parte del primer mundo.
Nunca he vivido más que en recreaciones artificiales de Japón, fuera de sus cuatro islas.
Cerré ventanas en medio del verano y vacié cajones que al cerrar hicieron eco.
Morí en junio y continué así 357 días. En blanco, flotando en la nada llena de autos, ruidos, gritos, ladridos, altavoces, tormentas...
Abrí los ojos para volver a morir seis meses después. Seis meses me costó cambiar de piel y dejar de arrastrarme sin dirección. Seis meses en los que creí poder sortear obstáculos que al final acabé rodeando.
No tengo muchas vidas. Tengo muchas muertes. Mi vida está llena de muertes.

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