Cumples 62 años y a los ocho meses, te avisan que después de 12 años de trabajo, la empresa ha decidido que eres prescindible.
Te despertabas de lunes a viernes a las 4:30 de la mañana, preparándote mentalmente para todas esas fórmulas químicas y estándares de calidad que tenías que hacer cumplir. Hoy descubrirías una nueva patente vencida que reportarías para que el medicamento se pudiera fabricar sin pagarle "derechos" a nadie.
Tu cuerpo no entiende de inmediato que te han despedido. Sigue abriendo los ojos a la misma hora, aunque no haya una alarma que despierte incluso a tu marido y a los tres o cuatro perros que duermen en tu cama. Él ya no tiene que levantarse poco antes de las seis para llevarte a la central de autobuses desde donde te ibas hasta Lerma, una ciudad industrial llena de chimeneas humeantes, en el corazón del Estado de México.
El placer que hubieras sentido por quedarte dormida un día labora hasta las 7am ha desparecido y no puedes evitar pensar que el final de tu vida ha iniciado.
Lavas obsesivametne el suelo que se ensuciará en unos minutos, lavas kilos y kilos de ropa que al día siguiente volverá a estar sucia, cocinas para siete u ocho personas, cuando en casa solo viven cuatro o menos desde que comenzaste a trabajar.
De pronto, te descubres en el suelo y el tronar de un hueso te hace volver a la realidad. Te has roto la muñeca y por primera vez en tu vida, acabarás en el hospital por un accidente. Estás sola. Solo una manada de perros que te acompañaban en las labores domésticas ladran después tu grito que sólo ellos y tú pudieron escuchar.
La gran casa de la Nápoles que llegó a tener hasta 10 inquilinos te responde con un silencio que no habías escuchado.
Te das cuenta de que tu mano está deforme, pero que no te duele.
"Herida pero no sucia", piensas, y te metes a bañar con los dedos chuecos y te enjabonas todo el cuerpo como siempre.
Llamas a tu marido que te lleva a uno de los mejores hospitales de la ciudad que pagarás con parte de tu liquidación.
Esperas más de sies horas para que te atiendan y te metan unos clavos que ni siquiera son de titanio, sino de acero inoxidable, para sujetar el hueso que se te desvió.
Lloras en la cama del hospital. Tu hija, la que concebiste en Alemania cuando apenas tenías 29 años, te ve llorar y le dices: es la anestecia, hija. Ella sabe que no es verdad. Ella sabe que es tu impotencia ante el paso de los años lo que te hace llorar así, en silencio, derramando lágrimas que no puedes secar.
Y ahí en esa cama, donde escuchas el latir de tu corazón traducido en un pitido electrónico y ves números que te recuerdan tu hipertensión arterial, decides que te quieres ir de México. Que te quieres ir a Japón a dar clases de lo que sea y deshacerte de todo ese peso que has venido cargando en la espalda desde que decidiste ser la más inteligente y aplicada para ver si así tu padre se acordaba de tu edad.
"Hoy en la cama lo decidí", le dices a tu primogénita.
"Me voy a ir antes de que el dinero y la vida me falten".
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