Darío murió hace 43 años, junto con otros
que el 2 de octubre de 1968, participaron en una marcha estudiantil en
la
Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, que terminó en masacre.
Su nombre no figura en el monumento de piedra roja que está en un rincón de la plaza y que contiene los nombres de unas 20 víctimas de un ataque que se cree perpetraron militares contra los estudiantes. Tampoco hay ofrendas florales con su foto en blanco y negro, como las que han colocado para algunos difuntos.
Su nombre no figura en el monumento de piedra roja que está en un rincón de la plaza y que contiene los nombres de unas 20 víctimas de un ataque que se cree perpetraron militares contra los estudiantes. Tampoco hay ofrendas florales con su foto en blanco y negro, como las que han colocado para algunos difuntos.
Para evocarlo, sólo hay dos
hombres de casi
50 años, sentados en el suelo y vestidos de blanco, que han acudido a
este lugar sin falta desde hace 11 años para rezar por él.
En medio de la gente que viene y
va, como
parte de la marcha que conmemora la masacre estudiantil, y otros
visitantes
domingueros que se mezclan con los manifestantes, Juan, un hombre de 48
años,
vestido totalmente de blanco y con un incienso en las manos, no abre los
ojos
ante los gritos de los vendedores de tacos, hot dogs, raspados y refrescos que
pasan con
sus carritos a su lado. Tampoco lo hace ante los estudiantes de las
universidades públicas que gritan consignas mientras cargan cartulinas en las que piden justicia. Es moreno, tiene
el
cabello ya blanco y usa bigote. Aunque delgado, al sentarse, la grasa de su estómago se coloca sobre sus piernas dobladas.
José, de 46 años, en cambio, tiene
los ojos
abiertos, pero su mirada está perdida. También sostiene un incienso
entre sus
manos y hay una pequeña veladora apagada ente sus piernas. Su cabello
negro está
peinado con gel y carga una pequeña bolsa negra de tela donde trae otras
dos veladoras
sin usar. Tampoco se inmuta ante el paso de nadie. Es más robusto que
José y
viste unos pantalones de mezclilla azules y una playera blanca y lisa.
Los dos tomaron un autobús desde
Ecatepec,
al oriente del Estado de México, para cumplir con un ritual que
practican desde
hace más de una década para recordar a su hermano Darío, aunque no se
acuerden de él
porque eran demasiado pequeños cuando desapareció. Cada vez que piensan
en él,
lo invocan en dos dimensiones, y con un tono medio amarrillento por la
foto
vieja que tiene su madre en la sala de su casa. También recuerdan que
cuando
eran niños, su madre veía la foto y se limpiaba discretamente las
lágrimas con sus manos.
Ellos no gritan ni exigen justicia.
No
cargan carteles ni reparten folletos para recordarles a los asistentes
por qué
se conmemora en México el 2 de octubre. Sólo escogen un punto en el
centro de
la plaza y se sientan en el suelo a pedir por
ese joven
que nunca regresó y cuya ausencia siempre estuvo presente en la vida
familiar.
José critica a los jóvenes que
marchan cada
año con el pretexto de la matanza estudiantil.
“Ni siquiera saben por qué es,
no saben ni
lo que pasó, y están aquí echando desmadre”, dice mientras se acomoda y
guarda
su veladora en su bolsa negra.
Juan sigue con los ojos cerrados y
es tan inmóvil como una estatua. Sólo unos 10 minutos después, se
incorpora y se
prepara para partir.
La Plaza de las Tres Culturas,
llamada así
porque alrededor de ella están ruinas prehispánicas, una catedral y
edificios
habitacionales del siglo 20, se sigue llenando conforme avanza la tarde.
Juan y José se preparan para volver
a
Ecatepec. Juan llegará a una casa con tres
hijos y una esposa. José tiene dos hijos y está casado, pero está
desempleado.
No volverán a esta plaza ni al
centro del
Distrito Federal hasta el próximo año. Regresarán, de nuevo, el 2 de
octubre. Volverán para recordar y rezar por ese
hermano al que nunca conocieron porque desapareció hace 43 años.
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