martes, 15 de mayo de 2012

Darío

Darío murió hace 43 años, junto con otros que el 2 de octubre de 1968, participaron en una marcha estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, que terminó en masacre.

Su nombre no figura en el monumento de piedra roja que está en un rincón de la plaza y que contiene los nombres de unas 20 víctimas de un ataque que se cree perpetraron militares contra los estudiantes. Tampoco hay ofrendas florales con su foto en blanco y negro, como las que han colocado para algunos difuntos.

Para evocarlo, sólo hay dos hombres de casi 50 años, sentados en el suelo y vestidos de blanco, que han acudido a este lugar sin falta desde hace 11 años para rezar por él.

En medio de la gente que viene y va, como parte de la marcha que conmemora la masacre estudiantil, y otros visitantes domingueros que se mezclan con los manifestantes, Juan, un hombre de 48 años, vestido totalmente de blanco y con un incienso en las manos, no abre los ojos ante los gritos de los vendedores de tacos, hot dogs, raspados y refrescos que pasan con sus carritos a su lado. Tampoco lo hace ante los estudiantes de las universidades públicas que gritan consignas mientras cargan cartulinas en las que piden justicia. Es moreno, tiene el cabello ya blanco y usa bigote. Aunque delgado, al sentarse, la grasa de su estómago se coloca sobre sus piernas dobladas.

José, de 46 años, en cambio, tiene los ojos abiertos, pero su mirada está perdida. También sostiene un incienso entre sus manos y hay una pequeña veladora apagada ente sus piernas. Su cabello negro está peinado con gel y carga una pequeña bolsa negra de tela donde trae otras dos veladoras sin usar. Tampoco se inmuta ante el paso de nadie. Es más robusto que José y viste unos pantalones de mezclilla azules y una playera blanca y lisa.

Los dos tomaron un autobús desde Ecatepec, al oriente del Estado de México, para cumplir con un ritual que practican desde hace más de una década para recordar a su hermano Darío, aunque no se acuerden de él porque eran demasiado pequeños cuando desapareció. Cada vez que piensan en él, lo invocan en dos dimensiones, y con un tono medio amarrillento por la foto vieja que tiene su madre en la sala de su casa. También recuerdan que cuando eran niños, su madre veía la foto y se limpiaba discretamente las lágrimas con sus manos.

Ellos no gritan ni exigen justicia. No cargan carteles ni reparten folletos para recordarles a los asistentes por qué se conmemora en México el 2 de octubre. Sólo escogen un punto en el centro de la plaza y se sientan en el suelo a pedir por ese joven que nunca regresó y cuya ausencia siempre estuvo presente en la vida familiar.

José critica a los jóvenes que marchan cada año con el pretexto de la matanza estudiantil.

“Ni siquiera saben por qué es, no saben ni lo que pasó, y están aquí echando desmadre”, dice mientras se acomoda y guarda su veladora en su bolsa negra.

Juan sigue con los ojos cerrados y es tan inmóvil como una estatua. Sólo unos 10 minutos después, se incorpora y se prepara para partir.

La Plaza de las Tres Culturas, llamada así porque alrededor de ella están ruinas prehispánicas, una catedral y edificios habitacionales del siglo 20, se sigue llenando conforme avanza la tarde.

Juan y José se preparan para volver a Ecatepec. Juan llegará a una casa con tres hijos y una esposa. José tiene dos hijos y está casado, pero está desempleado.

No volverán a esta plaza ni al centro del Distrito Federal hasta el próximo año. Regresarán, de nuevo, el 2 de octubre.  Volverán para recordar y rezar por ese hermano al que nunca conocieron porque desapareció hace 43 años.

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