lunes, 21 de enero de 2013
Tiene cierto encanto sentirte en medio de la nada y de todo a la vez. Estar en un lugar que ha sido visitado por no más de una decena de personas en miles de años. Sentir una leve falta de oxígeno, ver cómo la piel se te va humedeciendo por el calor que contrasta con el viento seco y helado de invierno exterior y detectar huellas dactilares antiquísimas marcadas en la pared. Observar cómo la ciencia moderna es lo único capaz de luchar por recuperar una verdad perdida con el tiempo, sin siquiera tener la certeza de que se logrará descubrir una pequeñísima parte de la realidad que fue. Pensar en las personas que se introdujeron a ese largo pasadizo buscando lo sagrado. Sorprenderte por una gota fría de agua que ellos creían que provenía de un manantial de los Dioses. Salir y volver a la realidad con la sensación de que el azar te ha escogido para poder entrar a esa cueva divina.
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